POLíTICA   14 de febrero de 2017

Democralandia o Democraburgo.

David Pears, en su estudio académico acerca del Filósofo Wittgenstein, analizaba lo siguiente en lo concerniente a desde que lugar pensamos o nos piensa el lenguaje: “El lenguaje determina nuestra visión de la realidad, porque vemos las cosas a través de él. El lenguaje no tiene una esencia común o, en caso de que la tenga, es mínima y no explica las conexiones entre sus diversas formas. Tales conexiones son de naturaleza muy huidiza, algo así como los rostros pertenecientes a los miembros de una misma familia. Las teorías filosóficas son un producto de la imaginación y nos ofrecen visiones simples, aunque profundas en apariencia, que nos ciegan para la complejidad efectiva del lenguaje. El límite del lenguaje no constituye una frontera regular y continua susceptible de ser reconocida como infranqueable una vez detectada, se trata, por el contrario, de un laberinto de fronteras que solo puede ser entendido por quienes han sentido alguna vez la urgencia de cruzarlas y, además, lo han intentado, viéndose forzados a retroceder”.

¿No valdría acaso, un solo día de libertad, a cambio de tus meses y años tristes, detrás de ese escritorio de madera barata, o de esa aspiración de salir del paro, donde con vergüenza y pánico, imaginas secretamente una vida diferente, cuando los gritos del ordenador, del que te ordena, o del orden que se agrupa, mediante la insensatez de la técnica, de esa razón instrumental que te prohíbe ver el desierto real en donde afincamos, terminan por ponerte al borde del abismo de sentir que siquiera el placer te da placer?

¿No cambiarías, toda tu lamentable jornada, plagada de alimentos que no son tales, meras capsulas que te instan a que sigas abonando la cuota de energía para el engranaje que te tiene sujeto, para seguir tolerando los gritos, quejas, y pensamientos absurdos, y la ordinariez de los comentarios sexuales, exitistas y materiales, atiborradas de  frases comunes, cuando no  recurrentes a la figura fálica, o en el mejor de los casos, defendiendo a ultranza posiciones de minorías, en acciones insensatas y extremas, por unos minutos de paz cerebral, donde ni las deudas, ni los compromisos, ni las obligaciones, repriman tus deseos más profundos?.

¿No dejarías escapar ese pájaro en mano, que vale un poquito más que la canasta familiar, que el sueldo mínimo y las obligaciones; que te sentencia a lamer incansablemente esas botas, nacaradas de opulencia e injusticia, por tener la oportunidad de al menos, mirar pasar, el vuelo libertario de blancas palomas que surquen una tarde de abril?.

¿Por qué esperas, que las parcas disfrazadas de accidente, de muerte natural o de crimen, te lleven a la profundidad del tártaro, sin siquiera haber nadado por las olas, frescas y refulgentes, de un manantial azulado que te permita respirar oxígeno y pureza?.

¿Por qué te conformas, con estar debajo del árbol, a la sombra del suceso, aguardando con la espalda gacha, el lazo que te hunda aún más en el estiércol, sí puedes escalar infinitamente, a cualquier atalaya, donde la mirada se te nuble ante tanta altura, allí donde las cimas cortan las nubes y detienen el viento?.

¿Por qué confías en que la suerte, cambiara la modorra y el desagradable transcurrir de tu fétida rutina, sí a la vuelta de tu barrio, en la esquina de tu pueblo, en el centro de tu ciudad, en el corazón de tu país, en el infinito de la comunicación, tu grito, tu reclamo, tu necesidad, tus ganas, pueden tener un eco mucho más aceptado y certero, que la endebles e incertidumbre de un giro pernicioso del destino?

¿Quién te ha metido en la cabeza, que sólo los poderosos, los que mandan, los que tienen, con algunos billetes, son capaces de despojarte de todo, sin siquiera la posibilidad de dejarte ser, o de pensar, que límite es una palabra escrita, para ser corrida, una y otra vez, por el pulso de tu corazón, por la fantasía de una imagen, y por la realidad de una convicción, que está dentro tuyo, presta para ganarse terreno, allí donde la quieras poner?

¿Cuántas preguntas más te tengo que hacer, cuántas horas más permanecerás en la alcoba, creyendo que desde la almohada te surcará la felicidad, cuantos minutos más dilapidarás, manejándote como un autómata, escuchando a los mismos de siempre que te dicen querer, y en vez de apoyarte, te tiran a menos?

¿Cuántas palabras más,  frases que suenan lindo, mensajes que llegan por vaya uno a saber que vía, seguirás recibiendo, y que por la causalidad, que te la quieren presentar como casualidad, expresan lo mismo, que venís sintiendo desde hace tiempo, para romper esas cadenas de humo, con el simple hálito de tu espíritu, que clama y muere, por ese soplido libertario que no te terminas de animar a lanzar?

¿A cuántas causas más, ridículas, paranoicas y grandilocuentes, le prestarás tu energía, aquellas que te inventan demonios de carne inalcanzables, y te presentan escenarios de guerra intergalácticas, mientras la carroña de tu carne, se te pudre lentamente, dejando pasar tu verdadero menester, el que te implora un tiempo para tu orden, tu conexión con tu esencia más querida y cercana, que pese a estar dentro, te la muestran tan lejana y distante?.

Construir o fundar una tierra, con una episteme democrática, con un logos democrático, que finalmente devenga en un corpus democrático, tiene que ver con lo que hagamos cada uno de lo que creamos o queramos esto, en la dinámica cotidiana de nuestras vidas.

El límite que cada uno de nosotros, logremos pulverizar, será la línea sucesoria, el hilo de Ariadna, la continuidad jurídica de este estado pensado para que el ser humano sea tal.

Cada cuál sabrá por donde comenzar, en que momento fijar el límite de eso que nos quiere trascender como propio y que por inercia lo queremos ver como tal o natural y que no es más que la imposición de lo que dejamos de ser.

Fundar este espacio, que anida en la transgresión de lo que no podríamos realizar, es mucho más sencillo de lo limitante que impone el poder transmitirlo, por intermedio de estas palabras, y de los significantes y como se los interprete.

Decir no, a determinada acción, o ratificarla con un sí, o hesitar en el no se. Lo que fuere, pero que sea, y no de lo mismo, pues en esa elección, radicará precisamente la ley principal de Democralandia o Democraburgo.

Habitar espacios, que estén más allá de un límite geográfico, histórico, gnoseológico, o de cualquier índole, en donde nos acostumbremos a decidir, será precisamente cuando conquistemos, fundemos o lleguemos a tales tierras en donde respiremos los principios democráticos que están cautivos desde el momento mismo en que nos dijeron que eran de acceso libre y gratuito.

Cuando le tomemos el gusto, forme parte de nuestro acervo cultural, el decidir, en todo, no solo fundaremos tal lugar, sino que produciremos el viaje convergente de que todo eso que parece múltiple y disperso se unifique, se concentre, para que amalgamado y uno, se constituya en una tierra pródiga y tórrida de libertad, tan plena e impoluta que nadie con apetencias de dictadorzuelo, tendrá más remedio que redimirse, que reconvertirse o huir a esa parte de la historia, que la tendremos como contraejemplo, contraguía, o para tener en claro, desde que fétido muladar proveníamos como para fundar esta tierra prometida, este edén terrenal, la tierra sin mal, o aquel cielo del más allá en un acá ni mágico, ni salvífico, simplemente más ajustado a lo que somos  y dejamos de ser, producto de lo que decidamos.    

 

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