ACTUALIDAD  14 de enero de 2017

El acervo cultural de los reinados.

Sí no resultara ofensivo, que en plena provincia con los índices más elevados, tanto de marginalidad económica, social, como precariedad laboral, expresiones continuas, como desopilantes de la reverberación de la cultura machista, del encumbramiento de los machos alfa en la toma, disputa y reparto del poder como botín de guerra, de que la energía siquiera alcanza para tener los aires acondicionados prendidos para mitigar los cincuenta grados a la sombra (la revolución forestal de la que dicen ser protagonistas, se lleva árboles como poder de absorción de las tierras, haciéndolas más inundables, y las ganancias, para ellos, como las vaquitas y los granos de arroz exportados) podría resultar tolerable, o dejar pasar, sin decir nada al respecto, que la señora a cargo de los reinados, nos hable, muy suelta de cuerpo, como de ideas, del acervo cultural que expresa el reinado del chamamé, objetado explícitamente por una agrupación de género, arguyendo que la misma avala la cosificación de la mujer.

El presente testimonio, también es para hacer constatar, que sabemos que somos sobregirados, o vendidos, por esas organizaciones, que dicen ser sin fines de lucro (que paradojalmente, al cabo de unos meses, sus principales actores, lucran con la repercusión alcanzada por esas protestas inocentes, para sentarse en alguna banca, libar del conchabo estatal que se reptan) y con oficinas súper-refrigeradas en la gran urbe, dicen luchar por la democracia en Suncho Corral, denunciando a la pareja gobernante, con la que después negocian, sustentables aportes para esa organización, dejando a los ciudadanos de tal lugar, a la buena de Dios, en donde casi sin otra opción, apoyan con índices del 90% al matrimonio gobernante que se pasa el poder, como lo que es, un bien material inmueble, en tal lugar de la Argentina, como en tantos otros.

Claro que más que un problema semántico, esto pasa a ser un problema psicológico. No pocos, insisten en tratar de hacernos creer, racionalmente, que esto es democrático. Se trata del ejercicio dinástico del poder, de la monarquía solapada, existente sobre todo en el norte, tórrido, cálido y pobre de nuestro cristiano país.

En estos lares, los cosificados somos todos aquellos que no estamos en el poder. Tengamos pene o vagina, no somos discriminados por nuestros órganos genitales, ni tampoco por lo que hacemos o dejamos de hacer con ellos. Simple y complejamente a la vez, somos segregados, por lo distante que estamos ante los libadores del panal estatal, con la única posibilidad, cuasi salvífica, de que los libemos a ellos, de forma tal de ser sus secuaces o empleados, de lo contrario, nos corresponde, y para ello tenemos la abnegación cristiana o el código penal en el peor de los casos, el oprobio de la indiferencia, el vasto terreno del ninguneo.

El acervo cultural al que hace referencia la señora, debe tener que ver con la cuestión proveniente en los tiempos de la conquista, cuando en nombre de Dios y del Rey, sus súbditos, en calidad de conquistadores, cojían (en el sentido castizo del término, de agarrar) a las aborígenes, que más luego comprendían habían sido cogidas, en su acepción sexual, y que por tanto debían continuar con sus vidas, sin posibilidad de denunciar que habían sido tomadas como cosas y por tanto vulneradas en su dignidad.

Nosotros somos producto de ello, somos hijos de esas violaciones, de esa violencia que se excusó en nombre del Rey y de Dios. Somos ese producto que ahora, logramos justificar en nombre del avance, del progreso, de la ciencia, de la humanidad.

Para tal justificación, es decir, para convencernos que hemos avanzado, para engañarnos en nuestro engreimiento y para ganarnos la eternidad de un ser que ama lo justo y lo bueno, debemos sacrificar (como en las fiestas sacramentales, como en las promesas proferidas ante un ser superior) algo a cambio de tal pretensión. Descubrieron hacerla mucho más fácil de lo que se presentaba.

Nuestros representantes, nuestros demócratas, deciden, sacrificar a amplios bolsones de la población, a los que no se los puede incluir, para que ellos vivan más que bien, otros más solo bien a secas y los muchísimos más, arañando lo bien (o sobreviviendo). Este sistema, este timo, necesita de elementos simbólicos que sostengan tal andamiaje. Necesitan, sin que nos demos cuenta, golpear la estructura del inconsciente colectivo. Necesitan reinados, que nos digan, en el metalenguaje, que ellos, los que deciden, son los representantes de la sangre azul, la sangre elegida por el todopoderoso, son los monarcas, incuestionables, quiénes ponen y regulan las reglas de juego.

Todos sabemos que se precia en un concurso de reinado, el acervo cultural, hay que dejarlo a los entendidos, de lo contrario propongamos instaurar una monarquía constitucional, aunque en nuestra tierra y por nuestro acervo cultural, lo de constitucional, estaría de más, tendríamos que tener o transparentar, la monarquía a secas.

¿Por qué hablar de monarquía, si nuestros inicios como estado-nación la han desechado?. Posiblemente por ello, por reconocer de una vez por todas que hemos fracasado en trazarnos esos objetivos libertarios. ¿Acaso no tenemos dinastías políticas, que travestidas en la carcasa democrática, nos gobiernan, fabulesca y burlonamente, mediante marqueses y duques que nos imponen, su sesgo dinástico, por intermedio del nepotismo, la arrogancia, de sus creencias en sangre azul, que nos obligan a ratificarla cada 4 años?.

Por supuesto que se necesitarían, argumentos como los siguientes:

En su obra “Democracia, el dios que fallo” Hans Hermann Hoppe expresa con claridad académica y meridiana: Si el “estado” es el monopolista de la “jurisdicción” lo que hará es, más bien, “causar y provocar conflictos” precisamente para imponer su monopolio. La historia de los estados “no es otra cosa que la historia de los millones de víctimas inocentes del Estado, ciento setenta millones en el siglo XX”. El paso de la monarquía a la democracia implica que el «propietario» de un monopolio hereditario -príncipe o rey- es derrocado y cambiado, no por una democracia directa, sino por otro monopolio: el de los «custodios» o representantes democráticos temporales. El rey, por lo menos, tendrá baja preferencia temporal y no explotará exageradamente a sus “súbditos” ni su patrimonio, ya que tiene que conservar su “reino”. Los políticos habituales del modelo del Estado democrático actual compiten, no para producir un bien, sino para producir “males” como el aumento de: 1) los impuestos, 2) del dinero fiduciario, 3) del papel moneda inflacionario, 4) de la deuda pública, 5) de la inseguridad jurídica por el exceso de legislación, y 6) las guerras, que se han convertido en ideológicas y totales desde la intromisión de los EEUU en la Guerra Mundial I hasta la Guerra de Irak II. “Del mismo modo, la democracia determina la disminución del ahorro, y la confiscación de los ingresos personales y su redistribución”. 

 

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