28 de noviembre de 2016
A la dirigencia de Mierda que ha Fracasado.
Tal como lo reconoció el ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires, ex Vicepresidente de la Nación y ex Senador a cargo de la Presidencia de la Nación, el Dr. Duhalde, en tal vez su mayor contribución política a la Argentina, aquellos que han gobernado o ejercido una función pública, por al menos tres períodos en lugares de resonancia o importancia, deben al menos realizar una profunda autocrítica, antes de volver a postularse en el escenario público-político, con alguna excusa que por lo general se acendra en aquella falacia de que la experiencia, el paso de los años, incluso hasta la muerte, redime a todos aquellos que arribaron a tal condición de ancianos o muertos.

Es muy recurrente que en un diálogo, conversación o intercambio de ideas entre dos personas, aquella que tenga más tiempo en la tierra, o más edad para ser menos poético, intente hacer prevalecer por sobre su contertulio, esa condición para lograr imponerse o tener razón, si el tema divide aguas entre los mismos. “Experiencia”, es el vocablo irrenunciable, que aplica el veterano, para con ello extender un manto de probidad y de verdad inobjetable.

Sí verdaderamente dos sujetos pretenden llegar a un entendimiento, el primer paso que ambos, al unísono e individualmente, deben dar, es olvidarse, renunciar o no tener la concepción, que el diálogo es una disputa, una batalla o un enfrentamiento. En el caso que no se dé esta circunstancia, la conversación será un camuflaje, de un ida y vuelta de agresiones y descalificaciones, donde ninguno de los protagonistas desee otra cosa que vencer al otro, destratarlo, humillarlo; la razón de lo que se discute quedará prontamente en el olvido.

 

Falacias, chicanas y artilugios arteros correrán como reguero de pólvora en lugares en donde se practique esta nefasta modalidad de comunicación. Para esperanzar a los que ven el vaso medio vacío y desesperanzar a los que ven el mismo vaso medio lleno, tenemos la obligación histórico de señalar que estos planteos ya surgían en la Grecia clásica.

 

 

Platón, el alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles, en uno de los tantos textos escritos que nos legó (llamados “diálogos”) aborda el tema e ilumina con profusa intelectualidad. En el “Sofista” el eje central, se constituye en los maestros en el arte de la oratoria y de las discusiones públicas, que vendían su técnica, de cómo tener razón o vencer dialécticamente a los oponentes, sin importar si verdaderamente contaban con la misma.

 

 

 

Precisamente se los llamaba sofistas (de allí proviene el término sofisma, para calificar una premisa errónea) porque no se interesaban en lo que Platón luego sacralizaría como “Verdad”. Apartándonos de lo filosófico, dado que para argumentar, el fundador de lo que luego sería el Platonismo, recurre al mundo de las ideas (principios de idealismo) donde los humanos copiamos en la tierra ese modelo (no habla de divino pero existe la concepción de lo no terreno) e imperfectamente lo aplicamos, para finalmente continuar con su reflexión más interesante (participación o combinación, que da soporte luego al realismo Aristotélico), concluimos, sin posibilidad de error, que desde los inicios del pensamiento occidental, ya existían quiénes discutían por el mero hecho de tener razón o de vencer (la mayoría) y los menos que pensaban en la finalidad o la razón misma de las cosas (por lo general aspectos fundamentales y abstractos como el amor, la política, la justicia, lo divino, etc).

 

Más acá en el tiempo, fue A. Schopenhauer, filósofo alemán que incidió muy especialmente en Nietzsche, quién escribió “Las 37 técnicas para tener razón”. Un compendio de consejos, que pretende aleccionar al lector, acerca de las estrategias más acertadas para ganar una discusión. Aquí nuevamente se mezcla lo filosófico, el mencionado pensador no cree en absoluto en verdades que se tengan que encontrar, buscar o perseguir se funda el reino del nihilismo, de la muerte de dios en cuanto a finalidad. Lo interesante del texto, nuevamente corriéndonos de la filosofía, es que su autor, reconoce que los consejos que da, son una serie de falacias y de estratagemas para confundir, obnubilar y despistar al rival (uno de los apotegmas, es descalificar al otro, hacerlo enardecer, para que se descontrole y caiga en el mismo juego de agresiones propuesto).

 

Deberíamos sumar un elemento, que se agrega en nuestra modernidad y que refuerza las intenciones de los sofistas actuales o perseguidores de victorias dialécticas, un factor psicológico que brinda al ganador de una batalla discursiva una consideración más altruista, relacionada con la cultura del éxito.

 

 

Para pormenorizar la exposición, diremos: Los que no creen en verdades, sino en circunstancias, es decir quienes no tienen principios sino intereses, se dirigen indefectiblemente a donde calienta el sol o donde sopla el viento, por tanto no pueden ir a otro lugar que no sea el exitismo que propone nuestra posmodernidad. Razón por la cuál, quieren ganar discusiones y no discutir, quieren destrozar al contertulio y no llegar a un entendimiento. Estos hombrecillos de poca monta, se dicen experimentados, se jactan de peinar canas, cuando en realidad acopian fracasos, tiran arriba de la mesa, el colosal saco de su derrotero, envestido en probidad por la mera y ridícula suma de años.

 

 

 

Para todos aquellos, sin importar en que sean dependientes de psicotrópicos, víctimas de la infidelidad, malhumorados crónicos, abstemios sexuales o lo que fuere (dado que con ello caeríamos en las descalificaciones que nos proponen) no les indicaremos que la autoridad se funda en la razón y mucho menos le haremos ver que los consejos de ancianos han sido suplantado por los asilos, simplemente hay que regalarles las victorias que creen tener, de lo contrario serían aún más infelices de lo que se muestran, buscando algo tan vacuo como ganar en una conversación, bajo la argucia de la experiencia.

 

Grandes del pensamiento han sido, y lo siguen siendo, presa de estos sofismas, cuando los botarates de turno, intentan criticar escritos, sistemas o ensayos que no comprenden.

 

Descartes perteneció a los ejércitos de Maximiliano de Baviera, Hegel homenajeo a Napoleón, Heidegger dijo que leía a los Griegos en pleno nazismo, Althusser asesinó a su mujer, y Foucault contrajo sida mediante relaciones homosexuales.     

 

Finalmente es tan asequible lo de proclamarse experimentado, un lugar tan común y trillado, que sí alguien se encuentra con estos personajes afectos a este vicio y mala costumbre, lo único que tiene que hacer (antes que hacerle una síntesis de este texto que no entenderán ni medio) es recordarle (una vez otorgado el triunfo) que Pinochet, Videla y tantos otros ya fallecidos, también tendrán seguramente, elementos indispensables, por lo vivido, que tendríamos que escuchar, y no por ello los santificamos o totemizamos, al punto de soportar una gerentocracia, perita en fracasos, que acumula períodos en el gobierno o en el funcionariado y las cuestiones de fondo no cambian, ni varían. Siguen inmodificables, probablemente por la pasividad de los que algo diferente podrían hacer antes que seguir tolerando pasivamente, que los conduzcan una facción de fracasados.

 

A decir de Oscar Portela (Poeta utilizado y vejado por la generación del fracaso que como elemento primordial parece tener como principio el rechazo y la indiferencia hacia las personas que piensan)  “Dentro del sueño como pulsión colectivo de la que hablaba todavía Cornelius Castoriadis, a veces con candidez de utopista, le cabe al poder acumulativo de la técnica como “voluntad que se sabe a si misma” y solo a ella como sombra del ideal ascético negador de la vida, ser el instrumento del cual puede valerse el nihilismo para apagar definitivamente los destellos de una raza que puede sucumbir a un destino feroz: el dominio de todo lo ente por un sujeto humano que no pudo o no supo encontrar el camino, para salir de un laberinto en el cual los odios étnicos y religiosos más primitivos permitan que las armas proporcionadas por la técnica, hagan añicos la morada del hombre por un tiempo no físico, no cuantificable, sino aquel de la roza de Eckhart que “florece sin porqué”.

 

 



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