ACTUALIDAD  21 de agosto de 2016

Obiter dicta, de la quemazón normativa.

Cuidado con el hombre que habla de poner las cosas en orden. Poner las cosas en orden siempre significa poner las cosas bajo su control. Denis Diderot

 

Era de esperarse, la Corte Suprema de Justicia de la Nación volteo el aumento del gas residencial que emprendió la administración Macri. No hay ciencia oculta en la resolución de los supremos, simplemente se acogieron al último tronco flotando en la inmensidad del océano luego de un naufragio, la Constitución Nacional. El mejor equipo de los últimos cincuenta años, que prometió el hoy presidente de la Nación, no supo o no quiso siquiera, realizar correctamente un trámite administrativo como las audiencias públicas, que a la postre generó tremendo descalabro tribunalicio.

La campaña electoral –mise-en-scène de la mentira en su máxima expresión-, a la presidencia del año pasado de Cambiemos estuvo centrada en recuperar las instituciones republicanas, la revolución del amor y la alegría entre los globos y matracas prometió (como todos) refundar el país de la tiranía que lo demoliera, resulta que la única institución que debían respetar a raja tabla y sin excepción se convirtió para los re-fundadores patrios y republiqueros en coprolito.

El apego a las normas básicas de convivencia (contrato social de adhesión no bilateral) que supieron conseguir los iluminados de turno en un tome y daca no tiene la importancia sublime que la teoría más ilustre le supo dar. No existe igualdad ante la ley, solo vemos como los administradores de la ley digitan la aplicación dependiendo del cliente. La institucionalidad se presenta como una hegemonía principal de la realidad, hablamos de la fantasía que aflora como una supervivencia, una forma de existencia que la emancipa del requisito de realidad, la institución y sus normas nos aparecen en el mundo argento como un estado fantasioso que lo re-creamos mentalmente a fin de que se haga realidad.

El Estado, -dicen-, se divide en tres poderes a lo que la teoría llama República, pero en rigor de verdad solo existe un solo poder con división de funciones o de trabajo, pues es fácil entender por qué los ejecutivos tienen tanta sed por lograr mayoría en las cámaras legislativas, -no por un pasión de legislar buenas ideas para el mundo popular-, sino mas bien, para hacerse del control del resto de las instituciones intermedias que pululan en el éter (Consejo de la Magistratura, Comisión de Poderes y Acuerdos, de Presupuesto, etc.) de esta forma terminan por atrapar al supuesto Poder Judicial que sobrevive entre otras cosas con las migajas que el ejecutivo dice que puede girarle para su funcionamiento, un poder gigantesco controla toda la institucionalidad global de un Estado dividiéndose el trabajo, no hay independencia entre ellos, hay una dependencia vital que permite el andamiaje hegemónico y opresivo de la política partidaria y parasitaria sobre los contribuyentes.

En fin, la ley no nace para ser cumplida, nace como un fetiche para ser adornado y violado,  las instituciones nacen para decorar la legitimad represiva del que se hace a contrario sensu de las normas que dictan, fíjese usted que con total impunidad violaron la Constitución Nacional a sabiendas y no se sonrojaron, imagínese usted lo que puede ser capaz semejante poder con un poco de imaginación.

Ejemplo interesante de la fantasía institucional puede ser el Mercosur donde ser miembro es optativo para el país y sus normas básicas nunca entraron en vigor o son violadas consuetudinariamente o, por si acaso no funciona este ejemplo, el Parlasur podría satisfacer la exigencia, el Parlamento del Mercosur es una institución que no representa, no resuelve nada y tampoco sirve de contralor, entre sus actividad legisferante se encuentran cerradas en Dictámenes, Proyectos de normas, Anteproyectos de normas, Declaraciones; Recomendaciones, Informes, Disposiciones. La nada misma.

Pór Carlos A. Coria Garcia.                                                            

 

 

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