ACTUALIDAD  3 de abril de 2016

Se presentó el Proyecto de Reforma Constitucional.

El siguiente es el anteproyecto completo, que ingresó en la Legislatura, de mano de"Ciudadanos", para declarar la necesidad de la reforma constitucional de la Provincia. Plantean la modificación del sistema electoral y del polémico artículo 150 que contempla una sólo reelección para gobernador y vice. Acceda al texto completo.

ARTICULO 1º-Declárase necesaria la reforma parcial de la Constitución Provincial.

ARTICULO 2º-La Convención Constituyente podrá:

a) Modificar los siguientes artículos: 29,37,38,150,156,157,158,159,220 y 226.

b) Reformar a la Parte Segunda de la Constitución Provincial. Artículos 69 al 83 inclusive.

ARTICULO 3º-La Convención Constituyente se reunirá con el único objeto de considerar las reformas al texto constitucional expresados y los temas que también son habilitados por la Legislatura para su debate, conforme queda establecido el artículo 2º de la presente ley de declaración.

ARTICULO 4º-La Convención podrá tratar en sesiones diferentes el contenido de la reforma, pero los temas indicados en el artículo 2º de esta ley de declaración deberán ser votados conjuntamente, entendiéndose que la votación afirmativa importará la incorporación constitucional de la totalidad de los mismos, en tanto que la negativa importará el rechazo en su conjunto de dichas normas y la subsistencia de los textos constitucionales vigentes.

ARTICULO 5º-Serán nulas de nulidad absoluta todas las modificaciones, derogaciones y agregados que realice la Convención Constituyente apartándose de la competencia establecida en el artículo 2º  de la presente ley de declaración.

ARTICULO 6º-El Poder Ejecutivo Provincial convocará al pueblo de la provincia dentro de los noventa  (90) días de promulgada la presente ley de declaración para elegir a los convencionales constituyentes que reformarán la Constitución Provincial.

ARTICULO 7º- Se elegirán un número total de cuarenta y cinco (45) de convencionales constituyentes igual al total de legisladores de la Provincia.

ARTICULO 8º-Los convencionales constituyentes serán elegidos en forma directa por el pueblo de la Provincia y la representación será distribuida mediante el sistema proporcional D'Hont con arreglo a la ley general vigente en la materia para la elección de diputados provinciales.

.ARTICULO 9º-Para ser convencional constituyente se requieres los mismos requisitos que para ser diputado provincial, de acuerdo al artículo 87 de la Constitución Provincial.

ARTICULO 10º-La Convención Constituyente se instalará en la ciudad de Corrientes e iniciará su labor dentro de los sesenta (60) días posteriores a las elecciones generales a las que hace mención el artículo 6 de esta ley de declaración. Deberá terminar su cometido dentro de los noventa (90) días de su instalación y no podrá prorrogar su mandato.

ARTICULO 11º-La Convención Constituyente será juez último de la validez de las elecciones, derechos y títulos de sus miembros y se regirá por el reglamento interno de la Cámara de Diputados de la Provincia, sin perjuicio de la facultad de la Convención Constituyente de modificarlo a fin de agilizar su funcionamiento.

ARTICULO 12º-Los convencionales constituyentes gozarán de todos los derechos, prerrogativas e inmunidades, inherentes a los Diputados de la Provincia, y tendrán una compensación económica equivalente.

ARTICULO 13º-La Convención Constituyente tendrá la facultad de realizar la renumeración de los artículos y compatibilizaciones de denominación de los títulos, de las secciones y de los capítulos de la Constitución Nacional que resulten después de la reforma.

ARTICULO 14º-Autorízase al Poder Ejecutivo a realizar los gastos necesarios que demande la ejecución de esta ley de declaración. También se lo faculta a efectuar las reestructuraciones y modificaciones presupuestarias que resulten necesarias a este fin.

ARTICULO 15º-De Forma

 

Fundamentos

Se plantea desde el ámbito ciudadano la necesaria reforma constitucional, haciendo hincapié en lo electoral, dado que es la base misma de nuestra constitucionalidad institucional que a diario, vemos sometidas  a crisis de legitimidad.

Cómo expresa el filósofo correntino, Francisco Tomás González Cabañas, en su libro “La democracia incierta”:

Las Preguntas que la política nos debería Responder

El padre, es el que nos da la vida, para algunos, el padre mayor también nos la quita, y en esa figura, un significante rabioso de contenido, anida el estado, o su administrador, el pope dirigencial, el líder providencial, el macho cabrío que suscribe nuestra cultura paternalista. El que nos da aumentos, el que reta, el que genera e infunde pavor, esa figura presente como concepto en nuestro código civil de temor reverencial, apunta como un disparo bajo la línea de flotación de nuestra humanidad, el golpe es contumaz si proviene desde la esfera de quién administra el poder del estado, es vindicativo, aterrador y de lesa humanidad, porque, qué asociemos al “che patrón”, con el estado, con una cultura paternalista, puede ser reprochable, pero es obligadamente harina de otro costal, ante el desgarramiento que produce que se nos lastime desde el poder. 

Por intrepidez o irreverencia, cada tanto se escucha un estertor, un suplicio, cuál cántico lacónico, de los que han bebido, supuestamente el elixir de la tan buscada felicidad, se engañan para resistir, es entendible, si hubiesen encontrado el brebaje, tras probarlo y saborearlo, no continuaría en este ámbito, pues su quintaesencia irradia la verdad contundente de que sólo se la disfruta, plenamente, por instantes que son irrepetibles, y que el pretender perpetuar o hacer de tal instante la suma para algo, simplemente reduce al enloquecimiento de no poder comunicarse más con nadie en un lenguaje coherente.

El temor que genera estas fantasías defensivas, son material en abundancia para la literatura infantil, es que la existencia misma, es básicamente relatos de hadas y princesas, de campos elíseos, de nubes suspendidas que amortiguan a seres que mantienen su peso y corporalidad.

Nos da pavor, ni siquiera afirmar, ni argumentar, tan solo pensar, por minutos prolongados, que no existe nada, absolutamente, es retornar de dónde venimos, que por algo no hemos conservado recuerdo alguno de ese no lugar, el nombre que le pongamos puede representar una terminalidad, un fin, un punto, pero ni siquiera de la cuestión nominal se trata, podríamos decir que es el ingreso a la armonía, pero no, todos sabemos que hablamos de ella y tanto miedo le tenemos que preferimos no mencionarla, no vaya a ser cosa que nos escuche y venga por sus invocadores, como en las fábulas para niños.

Temblamos al vernos en la evidencia de nuestra contradicción irresuelta de pretender lo que sabemos imposible, porque jamás lo hemos conocido, porque en tal caso ya no estaríamos para decirlo, nos sacude la molestia fortuita, de la incomodidad permanente, de sentirnos liberados de tales males y ubicar momentos de plenitud en donde tengamos la certeza de ser felices sin que ello acabe.

Comprender que habrá sido lo mismo nuestro paso o no, aquella noche, su mirada, el roce de la piel, ese momento especial, por más que hagamos trampa y pongamos los episodios de dolor, que afán por permanecer en la espera del suceso que nunca acaece.

En esa mismidad, irrumpe, la pretensión infantil de ponerle moraleja, el punto final, es la devolución o repetición  a los que estamos condenados y es tan fuerte e imposible de evadir, que ni los que escribimos podemos dejar un texto inconcluso o acabado pero no publicado, porque el solo hecho de hacerlo ya significa que lo estamos terminando y por más que no lo mostremos o no lo hagamos público, siempre alguien lo está mirando, o lo que es peor podrá hacerse dueño, cuando ya no estemos, si es que alguna vez hemos estado, sabiendo que ha valido como no ha valido la pena, el estar o no estar, pues no deja de ser una condena, que cada penitente sabrá o no como sobrellevarla, sin dejar de ser víctima de las ilusiones imposibles de intentos de fuga que dan llamar felicidad.

En esa muerte física o social o política, de no figurar de que no exista quien no merece la continuidad de la existencia, o quién solo tiene el poder de decir quien existe, aparece la estrategia, precisamente de dar muerte con la indiferencia, a quiénes todavía no mueren existencialmente.

Es muy sencillo criticar o recriminar, a quién no se acostumbra o se adapta a un determinado sistema, es demasiado fácil señalarlo como el irreverente por exceso que se ha quedado en la adolescencia, en la queja permanente, en la protesta lastimera, en la posición poco colaboracionista. Ocurre que el hiato, el espacio entre lo que le han dicho a ese sujeto, la forma en que lo han educado, no se condice con lo que esa misma sociedad le ha mostrado, a través de producciones cinematográficas, por intermedio del relato vivo de cómo se desarrollaba  aquello.

Vivimos en una sociedad que  nos eyacula precozmente, que nos incita al éxito inmediato que nos posiciona de forma tal en el mercado que con el mejor auto, paseemos a la chica más bonita (y por ende hueca, no porque el suscribiente lo diga, sino porque de tal manera las forma el sistema) y para ello el encuentro con los mandantes, estar al servicio de tales, porque el verdadero placer es ser sus personeros, sus perros falderos, de esos tipos oscuros, que manejan millones y que no se les para, que están más allá del sexo, de la familia, del amor, arrumbados en lo más parecido a un no humano y por ello en el pedestal máximo de la fantochada del poder.

Guarecidos en lo que se empecina en ocultar la política, porque son muy pocos los que se animan a plantear que se necesita un volver a arrancar para poner blanco sobre negro los millones del poder, sin ir más lejos, próximos a una elección en nuestra provincia, se da por descontado que se precisan, muchos e incontables millones para una campaña, está como naturalizada la cifra, al punto que analistas y políticos, lo dicen con una soltura de cuerpo como quién compra marihuana en Holanda.

Y en esa complicidad es en donde no deberíamos caer los que estamos en esto, de última, por más que sea un secreto a voces, tendríamos que sentir la obligación de señalar que esos millones se necesitan para ir (bajar se le dice porque inconscientemente el dirigente cree estar en un lugar superior al del votante) a los barrios, para organizar una choripaneada, cuando no un acto, pagarle al grupo de música, la movilización, los punteros, a los medios, los carteles, el consultor, la nafta y todo lo vinculado al circuito negro y renegrido de la política.

 Porque quizá el empresario aporte a la campaña para luego prestar servicios y realizar obras con quién ocupe el poder, pero el puntero no, la necesita ya, por eso es negocio para el empresario adelantarle en la campaña al político, lo que lógicamente exigirá que le sea devuelta, por tanto, aquí radica la imposibilidad del político de desvincularse del empresario, porque se la puso cuando se le pedía el puntero que el político cree que hubo de ser determinante para su consagración.

El empresario compra esas prerrogativas y esos favoritismos sin que le importen banderas ni ideologías a lo sumo, estando en el tiempo y en el lugar indicado para financiarle la campaña a un amigo de jardín, compañero de la  secundaria o contertulio de copas.

El dirigente o puntero es el que no cambia ni de auto ni de barrio. A lo sumo engorda en las campañas, toma mejores vinos; tanto políticos como empresarios usan a estos que son los mismos para en turnos rotativos, intercambiar nombres, lazos de amistad o grupos de amigos, facciones.

Queremos decir con esto que los tres actores (empresarios, políticos y dirigentes) son títeres de lo preestablecido, simples ocupantes de un rol, que un lumpen narrador ha dejado vacante para desandar la tragedia de una obra funesta.

Y muchas veces estas historias tienen que llegar al gran público, a la peluquería, a los programas de la tarde, pero como una sociedad educada en la contradicción arriba referida, que nos pide que leamos a Platón pero en verdad está pendiente del culo de la vedette, precisa que el condimento de la historia se nutra de la modelo, de los mafiosos, de los autos, del impacto del polvo, del lechazo concreto, de los millones en los bolsos, que obviamente sale de la política, como bien dijimos no solamente por responsabilidad de los políticos sino del sistema que crea cada cierto tiempos estas películas, estas novelas.

Uno de los legados más preciados de los griegos, de los tantos que la humanidad le debe, es sin duda la instauración de lo que se da en llamar gobierno del pueblo (recordemos que en Grecia existía la esclavitud y no todos los habitantes eran ciudadanos), patraña efectista que perdura, extrañamente en los tiempos actuales, de vacío de ideas, de proyectos y de crisis constantes de legitimidad representativa. Tiempos crispados, o mediatizados, en donde esa idea fuerza, en donde se sostiene lo llamado democrático, no es más que un collage de fotos subidas a una red social, en donde la asistencia a esas reuniones partidarias, se puntea bajo el tilde de quién seguirá o no percibiendo el conchabo estatal, lo volcánico de lo que se expresa no es más que la mirada petulante del líder o en el mejor de los casos de un títere de este, banderas que más que enarbolar consignas o símbolos, cobijan mantos inveterados de sospechas e intrigas palaciegas.

Sostener durante siglos que el pueblo gobierna a través de representantes consagrados por voto popular, debe ser una de los engaños mejor construido por las clases dominantes, para tener a gusto y placer el manejo de la cosa pública y del coso del público.

Huelga destacar sin embargo, preguntase sí nada mejor le ha ocurrido a esta humanidad, a nivel político, que lo que se conoce como democracia, de todas maneras, ello no implica que esta sea perfecta o pasible de críticas que la pongan frente al espejo de su realidad.

Esa imagen que nos devuelve el espejo, acerca de nuestro gobierno del pueblo, al menos en nuestro microcosmos es la de una costra negra sobre un blanco mantel, un charco esparcido de líquido bilioso, de dudoso origen, que desentona y también atemoriza. Es que se ha creado, una suerte de casta, de clase, de familia, de grupo sectario o privilegiado, que asume, reiterada y reiterativamente la representantividad. No hablamos de lo que se da en llamar nepotismo o amiguismo, como fenómenos aislados y generados por déspotas de turno, sino como parte integrante de una petición de principios, inherentes a lo democrático, una definición marcada a fuego de que el poder es para pocos, pero que no debe ser reconocido en tal condición, todo lo contrario.

La pobreza, la marginalidad y todo lo que genera la exclusión (falta de educación, problemas con adicciones, etc) vendría a ser como la esclavitud moderna, es decir condición necesaria del gobierno del pueblo, así como los Griegos, idearon la democracia en las polis con ciudadanos con menos de cinco mil habitantes y un sinfín de esclavos, la versión moderna de nuestra democracia, sostiene la esclavitud, con una realidad aún más cruel que la del tipo encadenado y azotado a latigazos, más no así su imagen, a la que nadie presta atención, o a la que ya nos hemos acostumbrado (asentamientos, pisos de tierra, techos abiertos, panzas llenas de aire, mugre en las narices y en los cabellos, pies descalzos y rostros simiescos) a la que cada cierto tiempo, el de las elecciones, aquellos elegidos (los políticos), van, saludan, le llevan un bolso de comida, una ayuda, un beneficio, un instante de ciudadanía, para que en ese breve pasaje humanizante, estos lo convaliden con el voto que les brinda las prerrogativas a los políticos, ya transformados en la casta superior.

Somos pocos, los que leemos, los que entendemos, los que hemos tenido el raro privilegio de escaparle a la esclavitud señalada, a la pobreza estructural que no nos hubiera permitido alimentarnos y con ello nos hubiese dificultado el desarrollo neuronal. Como si esto fuera poco, y para los pocos que entramos en esa segunda fase, las estructuras creadas para convencernos que el gobierno del pueblo es el elixir de los dioses, son más que efectivas y condicionantes. La educación, la religión y el trabajo, son las tres patas de una mesa que alinea, determina y somete, cualquier tipo de espiritualidad, o libre pensamiento, que se atreva a discutir esto mismo. En caso de que el ánimo del irreverente no sea controlado, la penalidad del encarcelamiento, la locura o la marginación, le esperaran al preso, loco o al imbécil. La medicina es la etapa final, o mejor dicho la antimedicina y su asociación con el desarrollo de lo técnico, le aguarda al rebelde con la guadaña afilada, de propinarle, mediante la excusa del stress y demás argucias de índole medicinal, un infarto, un cáncer o un derrame cerebral.

Creemos, sí bien que no es cuestión de plantear las reformas, específicas, tarea de los constituyentes, que las siguientes podrán ser ideas fuerzas para orientar la posible y encomiable tarea:

 

Reforma electoral, con ley de internas abiertas provinciales, para fortalecer los partidos políticos, que son la base del sistema democrático, según la CN, que establezca boleta única como herramienta indispensable para combatir contra la cultura de la dádiva o prebendismo electoral,  se propondrá el voto electrónico o urna electoral,  definir un nuevo sistema electoral, contemplando el colegio electoral en una versión mejorada, con este aspecto concreto,  ganaríamos en calidad institucional, al tener por ejemplo en la conformación de las futuras legislaturas un representante por secciones e intimar a la clase política a cambiar de eje de lo democrático, de la imposición del número, al acuerdo consensual.

Acerca del derecho compensatorio electoral:

Ha llegado el momento que dejemos de actuar como meros comentadores de la realidad, como catedráticos de teorías perimidas que no se corresponden con lo que sucede en amplios latifundios del mundo, en donde millones de seres humanos, de carne y hueso, perecen en la miseria más absoluta, y son vejados en su expectativa, por quienes se aprovechan de lo único intangible que poseen; la esperanza.

La esperanza de que sean iguales, de que sean incluidos, de que tienen los mismos derechos que cualquiera, es el veneno más ruin y letal, inoculado, por parte de los sectores interesados que pretenden un mundo para pocos, sosteniéndose en los que no tienen, prometiéndoles lo imposible, de que alguna vez tendrán.

Esa promesa, se maximiza, se hiperboliza en tiempos electorales, es el momento, en donde y cuando, el vejamen en abstracto, se transforma en un delito permanente, se materializa en grado sumo, cuando los cancerberos del sistema (llámese referentes políticos, académicos o comunicadores) les ofrecen en sus hogares sobredimensionados de miseria, dinero, comida, bolsones de mercadería, elementos de construcción para que sus casas precarias sigan siendo tales, formalizarnos en el sistema laboral para legalizar la esclavitud moderna, o en el mejor de los casos prometerles ruines mejoras salariales que nunca les alcanzará para dejar de ser patológicamente dependientes.

Es tiempo que aquellos que sientan, que la humanidad necesita avanzar por otros senderos, abracen esta posibilidad, que es ni más ni menos que plantear  reglas de juego diferentes, que de una buena ver por todas, ponga las necesidades más urgentes como prioridad.

Hablamos de devolverle, al pobre, al marginal, lo que se le quitó, se le quita y se le sigue quitando, suspender el delito permanente, del que es víctima desde lo institucional, para que se lo reconozca como sujeto a ser compensado, regresado en su condición de humano, integrado a un contrato social, en donde no tenga excusas como para una vez dentro, cometer ningún tipo de delito o desacato.

 Sí no reaccionamos a tiempo, no tendremos un mañana en donde las diferencias se planteen en términos democráticos o de diálogo, aquellos a los que les seguimos sacando todo, nos vienen advirtiendo que ya se dieron cuenta, de que lo saben, y de diferentes maneras nos lo están haciendo saber, cada elección que pasa, es una oportunidad más que dejamos pasar, para que se siga construyendo ese día de juicio final, en donde ninguno de los que estamos del otro lado tengamos posibilidad de defensa alguna.

Desde hace décadas que tanto la ciencia política, como el enfoque de lo político desde lo filosófico, se debe o debe, resignificar el contrato social, redefinir el principio de igualdad, y acotar el significante extenso y polisémico de lo de democrático, para consignarle un valor diferente, sobre todo para aquellos que el estado los tiene para la obligación sin velar por sus derechos, para que en la jornada electoral, a estos invisibilizados se los empodere con el valor de dos (2) a cada uno de sus votos, dignificándolos para sacarlos del estado de víctimas que impone el prebendedarismo, la compra de votos o los bolsones de mercadería (una práctica muy extendida en Latinoamérica)  que en definitiva carcome y deslegitima la democracia actual que se pretende, como finalidad restaurar el contrato social y reconstruir el principio de igualdad de acuerdo a categorías aún no transitadas.

Se nos dice que la democracia, en el período electoral, es la manifestación por antonomasia de la libertad política, dado que cada cierto tiempo podemos elegir a quiénes nos gobiernen. Esta definición casi academicista, es una mera expresión de deseo, un anhelo romanticón ante las batallas que se libran por convencer, seducir o mejor dicho, cooptar o condicionar a los electores para que tomen o escojan una decisión.

Acerca de la reelección indefinida:(Cultura paternalista, de su realidad e implicancias)

El padre, es el que nos da la vida, para algunos, el padre mayor también nos la quita, y en esa figura, un significante rabioso de contenido, anida el estado, o su administrador, el pope dirigencial, el líder providencial, el macho cabrío que suscribe nuestra cultura paternalista. El que nos da aumentos, el que reta, el que genera e infunde pavor, esa figura presente como concepto en nuestro código civil de temor reverencial, apunta como un disparo bajo la línea de flotación de nuestra humanidad, el golpe es contumaz si proviene desde la esfera de quién administra el poder del estado, es vindicativo, aterrador y de lesa humanidad, porque, qué asociemos al “che patrón”, con el estado, con una cultura paternalista, puede ser reprochable, pero es obligadamente harina de otro costal, ante el desgarramiento que produce que se nos lastime desde el poder. 

Por intrepidez o irreverencia, cada tanto se escucha un estertor, un suplicio, cuál cántico lacónico, de los que han bebido, supuestamente el elixir de la tan buscada felicidad, se engañan para resistir, es entendible, si hubiesen encontrado el brebaje, tras probarlo y saborearlo, no continuaría en este ámbito, pues su quintaesencia irradia la verdad contundente de que sólo se la disfruta, plenamente, por instantes que son irrepetibles, y que el pretender perpetuar o hacer de tal instante la suma para algo, simplemente reduce al enloquecimiento de no poder comunicarse más con nadie en un lenguaje coherente.

El temor que genera estas fantasías defensivas, son material en abundancia para la literatura infantil, es que la existencia misma, es básicamente relatos de hadas y princesas, de campos elíseos, de nubes suspendidas que amortiguan a seres que mantienen su peso y corporalidad.

Nos da pavor, ni siquiera afirmar, ni argumentar, tan solo pensar, por minutos prolongados, que no existe nada, absolutamente, es retornar de dónde venimos, que por algo no hemos conservado recuerdo alguno de ese no lugar, el nombre que le pongamos puede representar una terminalidad, un fin, un punto, pero ni siquiera de la cuestión nominal se trata, podríamos decir que es el ingreso a la armonía, pero no, todos sabemos que hablamos de ella y tanto miedo le tenemos que preferimos no mencionarla, no vaya a ser cosa que nos escuche y venga por sus invocadores, como en las fábulas para niños.

Temblamos al vernos en la evidencia de nuestra contradicción irresuelta de pretender lo que sabemos imposible, porque jamás lo hemos conocido, porque en tal caso ya no estaríamos para decirlo, nos sacude la molestia fortuita, de la incomodidad permanente, de sentirnos liberados de tales males y ubicar momentos de plenitud en donde tengamos la certeza de ser felices sin que ello acabe.

Comprender que habrá sido lo mismo nuestro paso o no, aquella noche, su mirada, el roce de la piel, ese momento especial, por más que hagamos trampa y pongamos los episodios de dolor, que afán por permanecer en la espera del suceso que nunca acaece.

En esa mismidad, irrumpe, la pretensión infantil de ponerle moraleja, el punto final, es la devolución o repetición  a los que estamos condenados y es tan fuerte e imposible de evadir, que ni los que escribimos podemos dejar un texto inconcluso o acabado pero no publicado, porque el solo hecho de hacerlo ya significa que lo estamos terminando y por más que no lo mostremos o no lo hagamos público, siempre alguien lo está mirando, o lo que es peor podrá hacerse dueño, cuando ya no estemos, si es que alguna vez hemos estado, sabiendo que ha valido como no ha valido la pena, el estar o no estar, pues no deja de ser una condena, que cada penitente sabrá o no como sobrellevarla, sin dejar de ser víctima de las ilusiones imposibles de intentos de fuga que dan llamar felicidad.

En esa muerte física o social o política, de no figurar de que no exista quien no merece la continuidad de la existencia, o quién solo tiene el poder de decir quien existe, aparece la estrategia, precisamente de dar muerte con la indiferencia, a quiénes todavía no mueren existencialmente.

En nuestro sistema político, esto se refleja desde el Hiperpresidecialismo, al  Hipergobernalismo o la vieja denominación de Caudillismo que en realidad peca de ser una noción eurocéntrica. El líder político de nuestras tierras, debe ser refrendado mediante voto popular, las veces que el soberano lo precise para que sea su mandante.

 

Composición Consensual de los ejecutivos:

“Como señala acertadamente Wiredu, la democracia consensual supone que todos los miembros de la comunidad pueden llegar, por el diálogo, a descubrir un bien común sustantivo. »Los seres humanos tienen la capacidad de abrirse paso entre sus diferencias hasta tocar fondo en la identidad de intereses.«  En efecto, en las comunidades premodernas, el pueblo puede coincidir en los fines y valores superiores, aceptados por la tradición, que presentan unidad a la comunidad. En cambio, las sociedades democráticas modernas y complejas no comparten necesariamente ese supuesto. La concepción liberal de la democracia se levanta sobre el supuesto contrario; es una manera de responder a la multiplicidad de concepciones del bien común que responden a intereses divergentes. Si el Estado aceptara una concepción sustantiva del bien común, sería por la imposición de un sector de la sociedad sobre los demás. De hecho, eso es lo que puede suceder, en la realidad, si se sigue con rigidez el principio del gobierno de la mayoría” (Villoro, Luis, Sobre la democracia consensual, p.12)

La exclusividad excluyente de pretender un mundo, en manos de un solo creador, interpretado por hijos dilectos o profetas, socava la armonía de quiénes depositan sus expectativas en aquello que provenga de sus sentimientos más fidedignos (que por lo general son múltiples, contradictorios, la caótica efervescencia en la que se manifiesta la libertad) éstos convertidos por la sujeción o conversos por condicionamiento, no tienen problemas después, de vehiculizar esa violencia, esa ira, ese odio que cultivaron en ellos, en actos de violencia, en heridas desgarradoras, diciéndose adalides de ese dogma que los ha vejado, están prestos a perpetrar cualquier tipo de tropelía en contra de esa humanidad que ha permitido que les supriman el derecho de creer en lo que rayos hubiesen querido. Esta radicalización, por no decir talibanización, descansa en el apotegma inescrutable de que les espera otra vida en un más allá imposible de escudriñar por nuestras falencias de las que en un segundo término, operan como persecución, en quiénes dictaminan que la falta de fe en tal trascendencia, puede resultar pecaminosa como ignorante, pero en igual caso, pasible de ser sancionada, excluyendo, nuevamente, al ya considerado marginal que no se atiene a lo establecido, como lo único, que para no ser presentado ante el mundo como arbitrario, se han permitido, subdividirlo en tres vías, que son ni más ni menos que la tríada conceptual monoteísta que impera en el mundo del logos, en el mundo de los conceptos. Las otras manifestaciones humanas, variopintas y por lo general, politeístas, no poseen otras consideraciones más que de carácter multicultural, exóticas, estrambóticas, o dignas de ser retomadas como si fuesen modas circunstanciales solo asequibles para señores ricos y aburridos, con derecho, ellos sí, a cualquier cosa y todo.

Lo más preocupante, de lo que aún no se discute, o no se ha planteado, es la socialización de esta discusión, pues sólo fue abordada desde el bostezo de lo filosófico,  esta violencia, esta corrupción imperial, esta vejación al espíritu múltiple del ser humano que es el substrato de su ambición de libertad, permite que vivamos y que continuemos viviendo bajo un mundo, supuestamente seguro, tendiente a lo armónico y pre configurado hacia una paz perpetua imposible, en donde los latrocinios se siguen llevando a cabo, básicamente, por el costo que pagamos por tener un mundo que nos pretende creyentes de un solo dios, llámese como se llame este, sus discípulos, hijos, profetas o seguidores.

Huelga destacar que no se trata de una cuestión religiosa, teísta o filosófica, es una cuestión política, pues este ordenamiento, este verticalismo, se difumina en todas las estructuras de ese sujeto al que sólo le queda creer, y casi colateralmente obedecer a un uno, llamese este caudillo, dictador o presidente. Para reconfigurar lo expuesto, en nuestras democracias actuales, se debería empezar a pensar en que los ciudadanos, en vez de elegir a personas que encarnen proyectos, ideologías, o letras muertas de lo establecido en partidos políticos, votemos directamente, proyectos, propuestas, modelos o formas de hacer las cosas y que la ejecución de las mismas, pase a ser un tema totalmente secundario, esto sí podría denominarse algo que genere una revalidación de lo democrático, pero no estamos en condiciones de hacerlo actualmente, primordialmente por lo que veníamos diciendo con anterioridad, el gobierno de ese pueblo, está en manos de uno sólo, a lo sumo, en cogobierno por un legislativo (con flagrantes problemas en relación a la representatividad, que sería todo un capítulo aparte el analizarlo) y supeditado a un judicial, que siempre falla, de fallar en todas sus acepciones, liberar la opción de ese pueblo, para que elija su gobierno, mediante las ideas que se le propongan, sin que sea esto eclipsado por la figura de un líder o lo que fuere, en tanto y en cuanto siga siendo uno, recién podrá ser posible, cuando su vínculo con la vida y la muerte, no tenga que ser anatematizado mediante la creencia o no creencia, que como vimos son las dos caras de una misma moneda, en un ser único y todo poderoso, creador de este mundo y de todos los otros, los posibles como los imposibles.

 

 

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