ANÁLISIS  9 de enero de 2016

Un vuelco del destino, la promesa incumplida al Gaucho o la intermediación de Xangó.

La gran patria latinoamericana, exuda, con sus venas abiertas, las conflictividades que por incapacidad tanto de su clase dirigente, como de su corpus social, no logran desatar el nudo gordiano de la relación con las drogas ilícitas, o mejor dicho de su propia relación con lo ilícito o con lo normativo. Tanto en México, como en Argentina, por diferencia de horas, fueron recapturados en operativos cinematográficos, evadidos de la ley (que paradojalmente, tenían en sus negocios o en sus antecedentes un estrecho vínculo comercial, al menos de bandas de ambos países, con el tráfico de la efedrina) que demostraron en sus tiempos de prófugos que contaron y cuentan, con apoyo del poder político o de cierto poder político, que en mucho de los casos, actúo, ¿actúa? Atendiendo ambos lados del mostrador. En el perdido pueblo Santafesino, donde los pistoleros del conurbano bonaerense fueron atrapados, cayeron más por fatalidades del destino, que por el operativo desplegado por las fuerzas de seguridad y el acompañamiento mediático que nos vino aturdiendo durante casi dos semanas.

Uno podría cansarse de trazar similitudes político-sociales, actuales, entre los Estados Unidos Mexicanos y la República Argentina. Desde la primacía política de un partido-gubernamental (que paradójicamente, ahora se encuentra en plena sujeción a prueba en la Argentina dado que esta hace unas semanas fuera del poder) como el PRI y el Peronismo, como las imágenes icónicas de la muerte que se le asemejan en todo salvo el nombre (Katrina y Señor de la Muerte) en la profunda vocación católica y Mariana de las poblaciones, pese a que en las mismas anidaron culturas precolombinas de importancia y raigambre, pero nada vincula más a ambos países (por estas horas) que la recaptura, bajo seguimiento mediático, que se dieron con diferencia de horas, con expresiones públicas de sus respectivos mandatarios, felicitando a las fuerzas del orden, que, también en ambos casos, han sido sospechadas (un sector de las mismas) de haber facilitado o propiciado las fugas.

Lo más gravoso y lo que no debería ser sepultado por el raid estupidizante que sobreviene tras estos hechos puntuales (las eternas entrevistas a los familiares de los delincuentes, la exhibición de los Facebook y twitter de sus primos y demás notas de colores) es que en algún punto, las estructuras o muchas partes de las mismas, de los estados de México y de Argentina, funcionaron en connivencia con facciones dedicadas a este negocio, convirtiéndose en los hechos en Narco-Estados.

Y sí siguiéramos el razonamiento trazado por Hanna Arendt, tras su obra “Eichmann en Jerusalén”, en donde inmortaliza el concepto (que luego será discutido) de la banalidad del mal (algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de sus actos, sólo por el cumplimiento de las órdenes) ninguno de nosotros, los que habitamos estas tierras, podríamos, no ser parte de un negocio, que en un a priori, plantea ganancias del mil por mil, por simplemente trasladar un producto de un sitio a otro (el neoliberalismo debería tener como bandera, la compra venta de todo tipo de productos e insumos, así vayan en contra de quiénes lo consumen, pero como también existe una derecha demagógica y por sobre todo, como en la izquierda, expulsadora de personas con talento y capacidad, esto esta y continuará como materia pendiente) de aquí, se desprende que las fuerzas políticas, siempre tan personalistas (producto del sincretismo entre las culturas precolombinas y las enseñanzas jesuíticas de un solo dios, que sepulto el panteísmo originario) precise de ejércitos de perros falderos, que siempre les de lo mismo, repartir bolsas de mercadería o vales de supermercado (como se hace en México y Argentino) o llevar y traer drogas de distintos lugares del globo.   

Hace no mucho, lo expresamos, en una tribuna internacional (radspain.com) cuál era el verdadero problema que tenemos con relación a la problemática de las drogas, lo reproduciremos a continuación, no sin antes, dar por descontando, que la clase política o gran parte de ella, preferirá seguir apostando al médico que hace fortunas diciéndoles a los pibes lo malo de las adicciones, persiguiendo a los que se juegan la vida por un pase, para alguna vez tener la posibilidad de pisar piso de concreto, y está, que consideramos, es la verdadera, cuestión, seguirá siendo, una blasfemia, para la seriedad formal y por ende, ocultadora y superficial, a la que nos someten los grandes medios, que son financiados por espacios de poder, pagos a su vez o en connivencia con los traficantes de sustancias.

Nos encomendamos a delincuentes probados, por leyes injustas, como el Gaucho Gil, que fue fusilado, en medio del campo para que sus carceleros puedan evitarse la continuidad del viaje hacia la dependencia de justicia y a Xangó, el Orixá Umbanda que vela sobre la justicia y aprende malhechores, el cuál fue expresamente prohibido el rendirle culto o creer en sus intermediaciones en nombre de la ley, seguramente esa energía que puede ser el todo, como la nada, sirva necesariamente para algo, en este caso, para que usted, lea estas líneas.     

Sí la coca o el cannabis se cultivaran en el norte su comercialización sería libre.

 

Tras la conquista europea, nuestro continente debió amoldarse a un sistema económico, político y social, que hasta ese momento le era ajeno y extraño. Lo que luego tomaría el nombre de Virreinato de la Plata y posteriormente Argentina, se conformaba en base a la ilícita actividad del contrabando. Resultaba que el puerto escogido por los conquistadores no era precisamente el de Buenos Aires, por tanto el porvenir económico se mostraba exiguo.   

 

 

Los primeros pobladores de la actual gran metrópoli, se aferraron a una norma que decía que en caso de que las embarcaciones corrieran riesgo de ser asaltadas, hundidas o averiadas en alta mar, debían dejar su carga en el puerto más cercano. Surgieron entonces las permanentes arremetidas contra los navíos, surgieron las continuas ventas de las mercaderías en el puerto, que se convertía en un gran mercado negro, surgieron los criollos que ya venían con un pan bajo el brazo. Surgía nuestra República, de la ilícita actividad del contrabando. 

 

Tampoco uno puede aguardar los sempiternos tiempos de una justicia siempre sospechada, para concluir lógica y razonablemente, que existe una relación entre el poder político y el narcotráfico. Uno proviene desde lo institucional, desde lo republicano y se ejerce por intermedio de hombres representativos que asumen funciones públicas, el otro poder proviene de hecho, no del derecho, de la realidad más cruel y contundente del ser humano, de su capacidad autodestructiva y de su ambición desmedida, de la debilidad de algunos por evadirse de la realidad y de la voracidad de otros, que en el afán de desarrollarse no dudan en enriquecerse a costa de la autodestrucción de sus congéneres. La droga, entre tantas cosas, es un gran negocio. No se debe inscribir una empresa para trabajar con ella, no se pagan impuestos y siempre hay demanda de producto. Como si fuera poco, se generan actividades tanto o más redituables a partir de los narcóticos. Dada la enorme cantidad de dinero que se produce, se debe hacer ingresar al circuito financiero los billetes de la droga, de forma tal que parezca que provienen de una actividad lícita. Esta operación es la que se conoce con el nombre de lavado. 

 

El aumento de consumo, de tráfico y de dinero proveniente de las drogas, según los organismos internacionales especializados y según quién desee caminar por alguna plaza en horas de la siesta o bailar por la noche en alguna discoteca, es una realidad que va en aumento en todas las regiones de nuestro país. Las diferentes variantes de narcóticos conocidas en los últimos tiempos, tales cómo; anestésico para caballos, spray para golpes musculares, pasta base y demás, constituyen otra irrefutable muestra de la compenetración  de los estupefacientes en nuestra sociedad. 

 

Debemos ser conscientes que habitamos una comunidad narcotizada, donde la institucionalidad, mediante sus dirigentes o representantes, precisa para su subsistencia, de dinero fresco, constante y sonante, independientemente de donde provenga, para que los índices de votantes sean medianamente aceptables, para que las diferencias políticas puedan ser subsanadas mediante una caja económica que no tenga existencia en los papeles de estado, en definitiva para torcer voluntades de toda clase y precio, a los excelsos fines, claro está, de que ningún conflicto se desmadre y por ello se pierda la gobernabilidad y posteriormente la institucionalidad. A tal punto llega la relación entre el poder político y el poder del narcotráfico, que ya comparten términos y clasificaciones semánticas. Al otrora dirigente afincado en un barrio populoso, con cierta capacidad de liderazgo, se lo denominaba puntero. La misma denominación se utiliza para quién en ese mismo barrio populoso o en otro, es el distribuidor de la droga.

 

Dada la imposibilidad de acceder a una función de estado sin tener los medios, dinero y en abundancia, para pagar fiscales el día del comicio, afiches, panfletos, espacios en radio y en televisión, durante la campaña, y para aceitar al grupo de acompañantes que organiza los actos con comida y bebida, para que los votantes escuchen al candidato y todo lo que implica la parafernalia electoral, entonces surge, en forma espontánea la connivencia con el poder del narcotráfico o del dinero de la droga. El empresario capaz de solventar tamaño gasto, debe tener ciertas certezas, las más exigidas por los capitalistas; o continuar con los negocios que le generan riqueza o ingresar en calidad de monopolio en el mercado. Sí por esas casualidades, el candidato, ya en funciones de estado, cree en el sexo de los ángeles, entonces aparecerá el financista, ya con rostro circunspecto, recordando el dinero que puso para que no le escupan el asado. Sí el negocio está vinculado con la droga es más una cuestión de casualidad que de rama empresarial. Tampoco tendrá fuerza el gobernante, sí de buenas a primeras intenta desconocer el turbio acuerdo. Sus propios funcionarios de segunda línea y los mismos ciudadanos bailarán al ritmo del dinero narcotizante. El cabo de la policía, que sabe que la camioneta importada del comisario es producto de la droga, no arriesgará la vida enfrentándose con alguien que inflija la ley de drogas. Lo más probable es que en su escala y medida, participe del negocio. 

 

¿Qué mundo le puede ofrecer a un consumidor un estado que esté  ausente que no garantice ni salud, ni educación ni trabajo?. Le ofrece lo que tiene o lo que puede. Una elección de tanto en tanto, donde además de elegir figuritas, se reparte comida, materiales de construcción y obviamente drogas.

 

Claro que el vacío al que condenaría el estado ausente, es aprovechado por cantantes, músicos o estrellitas mediáticas, quiénes observan un fabuloso mercado de jóvenes, sin rumbo ni destino, que se evaden de tanto dolor, utilizando drogas y por tanto ofrecen, estas bandas o grupos musicales letras que rinden loas a las drogas, o en el peor de los casos, directamente incitan al consumo. En nombre de la libertad, esos mismos carilindos que se creen inocentes por no participar en política o que se creen corajudos por decir lo que piensan sin pruritos, terminan siendo los propagadores oficiales de una sustancia que en la mayoría de los casos, termina con sus propias vidas y con las del público.     

 

Según reza el principio de todo adicto en recuperación, el primer paso para salir es reconocer el problema, por tanto independientemente de que, como y cuanto se legisle, este primer paso institucional de debate en el parlamento ya es un gran paso para romper con un prurito, con una fachada, con ese viejo adagio de guardar la basura debajo de la alfombra. Nada mejor que ofrecer luz, en el reino de la oscuridad y las tentaciones, donde no se encuentran ni imágenes divinas que protejan las desventuras y temores de grandes y chicos, prestos, en caso de continuar esta oscuridad a aferrarse lo efímero y dañino de una sustancia alucinógena.

 

El problema es que ninguno de nuestros líderes políticos latinoamericanos aún logró entender y trabajar a partir de la acepción Derridiana de que “Sin democracia no hay literatura y sin literatura no hay democracia” y abordar los conceptos de mentira y verdad en la política, a partir de lo expectante, lo que está por venir, que es en definitiva lo democrático.

Lo que queremos consignar es que la primera plana política latinoamericana, debería plantear en los organismos internacionales en los que participa por mandato popular, son los abordajes cruciales de la política actual, su problemática, su relación de ser consustanciado con lo que acontece. Sí tuviésemos líderes que en vez de elevar viejas banderas de planteos eurocéntricos, que nunca han tenido que ver con lo que le ocurre al pueblo, sino con la imaginación y la fantasía de una clase ilustrada de la misma, para disputarle poder al otro sector denominado más conservador, desde hace un tiempo, esos posibles líderes que aún no han aparecido, en vez de plantear la persecución al narco-menudeo o su cadena más endeble o el tratamiento de los adictos, deberían haber propuesto que sea legal, incluso como política de estado, el exportar la producción de sustancias que luego puedan ser usadas como narcóticos.

¿Es que acaso, toda la parafernalia del libre albedrío, los organismos internacionales mediante tratados que lo defienden, se aplican cuando uno toma una gaseosa de una determinada marca, pletórica en azucares dañinos o cuando se fuma un cigarrillo de tabacaleras que matan a millones, comprobado por cientos de juicios en distintos fueros, y no cuando un producto que se produce en nuestras tierras, es utilizado luego, por un señor adinerado que quiere divertirse, o narcotizarse con ello?

¿No sería al menos, de ilusos creer, que todas las estadísticas, especulativamente publicadas, acerca de lo perjudicial que sería para el tejido social que quiénes se quieran drogar  se droguen, sería aún más perjudicial que todas las muertes y daños que se producen en nombre de la supuesta y actual lucha contra el narcotráfico?.

¿Cuántos productores de coca o de cannabis podrían tener un mejor nivel de vida, mediante lo que les permite producir su tierra, es que acaso, desde la fenomenal pobreza en que están sumergidos estos campesinos, nietos de colonizados, deben hacerse cargo, de la decisión de un parisino, con un estándar de vida y por ende de condiciones de libertad, para que sea responsable de como el consumo de un derivado de un producto de la tierra, le afecta al ciudadano del primer mundo, que en uso de todas sus facultades decidió drogarse?.

Lamentablemente para Latinoamérica y para el mundo, aún la clase dirigente que se dice libertaria y revolucionaria, prefiere seguir en penumbras, negociando por lo bajo con los que dicen perseguir en público, en vez de decirle a su público que no consuma, pero que produzca, y que pelee a nivel internacional, por este derecho a comerciar, amparados en esos principios libertarios, que se nos aplican siempre, para vendernos bebidas, cigarros y comidas cancerígenas, cuando no, guerras preventivas para fomentar los valores democráticos.

El no comprender esta subversión de la que somos víctimas desde hace tiempo, es el estado más narcotizante y perjudicial del que de una vez por todas deberíamos despabilarnos, por el bien de una humanidad cada vez más sesgada en una adicción totalitaria que nos hace, ver, creer y sentir que somos libres en un mundo al que cada vez le ponemos más rejas, restricciones y barreras en nombre de lo que dicen que alguna vez tendremos pero en cada paso dado se va consolidando como más lejano y utópico.

 

“La vida se presenta como un engaño permanente, lo pequeño como lo grande. Sí ha prometido algo, no lo cumple, a no ser para mostrarnos que poco deseable era lo que deseábamos: y así, unas veces nos engaña la esperanza y otras lo esperado. Sí da es para quitar. La magia de la lejanía nos presenta paraísos como, las ilusiones ópticas, desaparecen cuando nos lanzamos a ellas. Por consiguiente, la felicidad se encuentra siempre en el futuro o también en el pasado; el presente es comparable a una oscura nubecilla que el viento empuja sobre una superficie soleada: Delante y detrás de ella todo es luminoso; solamente ella lanza siempre una sombra” (Schopenhauer,  El mundo como voluntad y representación, 628-629) 

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