ANÁLISIS  14 de septiembre de 2015

El mundo actual manejado por el género femenino.

Desde valiosas trincheras donde se combate por la “igualdad” de los géneros y por el reposicionamiento de la mujer, ante un sistema que claramente las tiene del lado del victimario, no son muchos/as las que pueden arriesgarse a pensar que en verdad el “dominio” conceptual lo poseen quiénes tienen ovarios. El hogar, la familia, el trabajo, e instituciones que se desprenden de tales definiciones, son las elecciones por las que mayoritariamente se definen quiénes nacen con la posibilidad de concebir en su vientre otro ser humano. El hombre sin embargo, es más penosamente práctico, el hombre obedece, a sus instintos, o a la expectativa que le genera alguien más astuto e inteligente, que por deducción es la mujer, quién lo impele a que deje las aventuras de las incertidumbres, lo apresa en el hogar, en su vientre, en la comunidad, en lo laboral, en lo democrático, en la virtualidad de la televisión, de las redes sociales, bajo el talismán de sus tetas o culos, sean propias, prestadas a colegas del género o cooptando el transgenero incluso, en un rol de mandantes, que lo hacen sin dar cuenta de que mandan, poniéndose para evitar dar luz de esto, en ciertos fangos de una mártir y heroica y “victimidad”.

Una de las tantas contradicciones que ostentamos, peligrosamente, desde nuestra culturalidad correntina, es la de festejar, resaltar y destacar, la aparición en medios nacionales de mujeres correntinas, por las supuestas bondades de sus atributos físicos. En buen romance, festejamos que una fulana salga en una revista para adultos o sea la vedette de la temporada, por el único mérito de las grupas esculturales (sean naturales o no) que exacerban la libido más instintiva y primitiva, para renglón seguido estar en contra del trato de a la mujer como cosa, del machismo recalcitrante y de la trata como efecto de un sistema prostituyente.

 

No existe manera más concreta de señalar la superchería de nuestros supuestos valores culturales, arraigados en las enseñanzas de nuestros sabios abuelos y de los primeros hombres que habitaron la nuestra, la tierra sin mal, que cuando salen estos culos antológicos, desde los cuales muchos se montan, figurativamente, para eyacular saliva estupidizante, refiriendo a los supuestos méritos de quién nació bien parecida para un sistema cultural, o de quién decidió invertir en su cuerpo para de ello hacer un negocio (una vedette lo definió muy bien “Yo me puse un culo en vez de ponerme un quiosco o un parripollo”) haciéndonos partícipes a todos de una actividad onanista colectiva.

Claro que una de las claves que no se analizan, casi nunca, es que el hilo se corta siempre por lo más delgado, o que se aplica la lógica del tornillo, se ajusta para abajo, nunca para arriba donde los responsables llegan al clímax reiterada y perversamente, gozando más con el padecimiento de los que son sometidos que con su propia satisfacción.

Es decir, es más fácil, cerrarle el burdel, el puterío, al trabajador, al jornalero (que sí no está en negro, le pega en el palo),  que ir a fondo de la cuestión.

Este por un sistema perverso, debe trabajar incansablemente, para dar de comer a su familia, comprarle los útiles a sus hijos, mirar tele cuando puede, y sí la patrona le permite, tener sexo o en verdad hacerle el amor, porque su religión le ha enseñado que debe tener relaciones para procrear, que de no hacerlo así irá al infierno, y sí vence todas estas barreras, implorar que los chicos no se despierten, que la mujer, no haga uso de su derecho inalienable de decir que no quiere, que no desea o quizá que lo desea pero de una manera que no lo quiere el hombre (los tiempos distintos de los géneros y las formas más sutiles para las féminas y más inmediatas para el hombre que llenan enciclopedias) y si todo esto fuera poco, ese  mismo hombre, mal formado educativamente por ese mismo sistema perverso, no lo ha preparado para soportar, tolerar, el bombardeo, constante y continuo, de culos, tetas y argollas (como de pitos, bíceps y demás) a los que lo somete el mercado, la publicidad, los comunicadores, las empresas, el sistema.

Es ese código, ese mensaje que baja como dogma, a las jovencitas que se ponen en su cuenta de red social, como si fueran vedettes, es decir en bolas, por más que tengan 14 años, para buscar ese éxito que les vende el mercado, pero que en la realidad, las conducen a un exhibicionismo que fomenta, la prostitución, la industria de la trata, la cultura de la cosa/objeto/instantaneidad. O que probablemente sea la escuela, de cómo manejar y con que, a un hombre, por más que este luego, las termine, no a todas, pero si a un porcentaje de ellas, cosificándolas. Bajo esa tesitura de que manejan lo conceptual, del mercado y sus finalidades, no sería nada descabellado que produzcan hombres adinerados o con fiebre por ese dinero, para que les sacien sus apetencias materiales, a cambio de instantes de placer, otorgados por sus jugos lascivos.

Es muy fácil, estar en contra de someter a la esclavitud sexual a quién sea, de exclamar en cualquier lugar que se está en contra del sexo como comercio, en contra de la cosificación de la mujer, es básicamente ajustar para abajo, porque al estar en contra de todo esto, se deja de lado, estar en contra de lo que genera esto mismo, de estar en contra de lo importante o al menos, estar en contra de ambas cosas y verbalizarlo.

Decir basta al festejo de un culo correntino, porque salió en una revista casi pornográfica tendría que ser mucho más sencillo, como también lo debería ser, dejar de promocionar tanto desfile, tanto reinado (alguna ong de género viene haciendo algo en este sentido) desde lo institucional y lo empresarial, pero no para levantar una bandera de feminismo recalcitrante o de igualdad de género, o no solamente para ello, sino porque realmente afecta a nuestro sistema de valores, a nuestra cultura.

Se sabe, que como buenos occidentales, entendemos la sexualidad como eyaculatoria, penetrante, si se quiere ingresante, invasiva o acabadora, es ese mismo instante de placer sexual al culminar, que reflejamos culturalmente cuando apretamos un botón y cambiamos la tele, mandamos un mensaje, chateamos o sacamos dinero del cajero, no es difícil darse cuenta, que ese sistema necesita alimentar nuestro inconsciente con imágenes de tetas y culos vinculados con éxitos furtivos, con famas tristemente célebres, con laudos ficticios.

El mundo nos necesita pajeros e histéricos, nos requiere sexuales para acabar sin placer, solo para asegurarle al sistema esclavos que oficien de trabajadores, para garantizar la especie, nos marca el terreno, poniéndonos el culo exitoso enfrente de nuestras narices, para decirnos que eso es lo que tenemos que desear, pero nunca a nuestro modo, ese modo es el penalizado, el inmoral, el políticamente incorrecto, es la cadena que nos dice que no nuestras hijas tienen que salir desnudas en la computadora, pero sí le dicen un piropo, hacemos la denuncia de la combi blanca, de la trata, del prostíbulo, del quilombo.

Es el sistema que crea estos anticuerpos, para su autodefensa, como crea estos culos, en su gran mayoría artificiales, sostenidos por hilos, por metacrilato, promocionados por pajeros, consumidos por esclavos y criticados por locos.

El problema es cuando la locura riega de sangre y enajena a los medios de comunicación. Cuando asombra a la abuela, a la esposa, a hermana, o a la hija, Tipificado como feminicidio, como siempre los idiotas útiles de lo más nefasto del ser humano, quiénes se creen capaces de comprender el fenómeno humano, sin siquiera pensarlo, sentenciaron; construyamos el neologismo, aumentemos la pena punitiva y creemos programas, con el consabido número de teléfono y la página web, para que la mujer, o esa mujer en riesgo, esa que es víctima no sólo de un hombre, sino de todo el género humano, tiene que de buenas a primeras, responderle al animal golpeador, desde un lugar, desde donde este no comprende, pero que de acuerdo a lo que le exigen, desde la tendencia liberadora, la haría más mujer, más libre, más cercana a lo que cree como dios o perfección. Entonces, deja de dominarlo, le anoticia a la bestia (porque nadie está diciendo que siga sometida o tolerando golpes, sino que le ayuden a saber zafarse de tal situación) condicionada por aquella corriente, de una forma que en vez de aplacar su furia irracional, la exacerba, la irradia. No existirían tantos casos semipúblicos de casos de violencia,  de no ser por este mal enfoque, por esta haraganería de no pensar, pensar, en respuestas, que como siempre le decimos a la política, o a la clase dirigente, siempre deben estar, subyacentes a la acción, al latrocinio del hacer, y esto no es cuestión de hombres y mujeres, es cuestión del ser humano, al que nada debería preocuparle más que no se hagan ningún tipo de diferenciaciones, de ninguna clase ni de ningún tipo, como para que a partir de las mismas se horade a la condición humana, sino aceptarlas, para gozar, disfrutar y también olvidar, para volver a retomar el ciclo de la vida y sus encantadores y misteriosas limitaciones.

“Sería ya tiempo de liberar al fenómeno de la memoria de su nivelación dentro de la psicología de las capacidades, reconociéndolo como un rasgo esencial del ser histórico y limitado del hombre. A la relación de retener y acordarse pertenece también de una manera largo tiempo desatendida el olvido, que no sólo es omisión y defecto, sino, como ha destacado sobre todo F. Nietzsche, una condición de la vida del espíritu. Sólo por el olvido obtiene el espíritu la posibilidad de su total renovación, la capacidad de verlo todo con ojos nuevos, de manera que lo que es de antiguo  familiar se funda  con lo recién percibido en una unidad de muchos estratos. “ (H. Gadamer “Verdad y Método. Pág 45.Ediciones Sígueme,  Salamanca, 1977)

 

   

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