ANÁLISIS  31 de agosto de 2015

La revolución imaginaria y el falso pedestal de quedar en la historia

La única certeza que tenemos al tener conciencia de la finitud de nuestra vida, es que vamos a morir. Probablemente de aquí que varios filósofos nos consuelen con que somos un ser para la muerte, o que de lo único que verdaderamente se trata vivir es aprender a morir. La vida como contrapartida de la muerte (en verdad no lo es, pero así nos enseñan a dimensionarla) es el aquelarre de las incertidumbres. No sabemos qué pasará mañana con ninguno de nosotros, eso nos aterra, pero paradójicamente nos hace vivir. Morir sin embargo es el cese de los acontecimientos, es la certeza absoluta de lo que ocurrirá (nada que sepamos o sintamos fehacientemente en este mundo), y por más que en teoría esto nos deba tranquilizar, o ser el paraíso pretendido (es decir la culminación de la incertidumbre de la vida) es paradojalmente lo que más nos preocupa, nos intimida, nos aterra.

La oligarquía existencial de la que somos parte (es decir los sujetos que por los alambicados caminos del destino, no nos tuvimos que vérnosla con la indigencia, con la pobreza, la exclusión) nos sitúa en el pináculo del panóptico. Podemos soterrar, sin que nos vean, a los cientos de miles, a los que les prometemos igualdad de condiciones y de derechos,  antes de que se maten entre ellos por una bolsa de comida que les represente un día más de supervivencia. Pero a no todos les alcanza con esto,  no son pocos los pertenecientes a esa elite, a los que la finitud les queda chica. La dimensionan como un rival a vencer, como si fuese un obstáculo a sortear, no pueden concebir que su ser acabe con la semántica de la muerte. Y entonces allí, reina, como cuál religiosidad, el panteón de la historia, ese futuro, plagado, nuevamente, de incertidumbre, en donde trasladamos todos nuestros posibles y probables éxitos, a la incomprobable playa del bronce histórico, que brindará la resurrección o la inmortalidad, a quién crea haber arribado a ella.

Esta es la revolución más larga e inacabada de la que se tenga memoria. La rebelión contra la dictadura de la muerte. El darle batalla a los altos mandos que nos han impuesto que alguna vez, y sin que sepamos en la mayoría de las veces, cuando, esto cesará, es la disputa a la que nos entregamos los pertenecientes a la oligarquía existencial. Muchos de los integrantes de este selecto grupo, pelean por intermedio de la estrategia de acumular bienes materiales, de disfrutarlos, ostentándolos cuando no, y de pervivir en el tiempo, mediante el fraterno recuerdo de los suyos, de los más íntimos, a quiénes, les donan en vida o les facilitan el camino para que puedan ser continuadores de una prosapia, engalanada de riquezas y lujos. La finalidad es la misma, vencer en el tiempo en la tierra, a la incertidumbre, acumulándolo todo lo que se pueda, reduciendo riesgos y tamizando la vida, mediante el precio, a expensas, en mucho de los caso del valor, de las cosas, como de las personas. Pero de estos no nos ocuparemos, ya demasiado tienen, con ser señalados, como los más indiferentes ante los otros, de esos, que de verdad la pasan mal, de los que están en estos momentos muriendo en un contenedor, abrazados a una madera en el medio del océano, pisando el piso de tierra y mirando la chapa agujereada con dolor de estómago por falta de comida, de esos, a los que supuestamente los miran o se encargan, quiénes quedarán en la historia.

Y ahí aparecemos nosotros, es decir, los tipos que escribimos, como algunos de los políticos o educadores, compartiendo el espacio, creyendo que; porque en el primero de los casos, vendimos pocos libros y después de muertos venderemos más, como sí se tratase de una compensación, o en el segundo de los casos, administrando el estado, sacaron al 5% de la población de la pobreza, habiendo tenido la posibilidad de sacar a más, como sí esa no hubiese sido su mínima obligación, o porque, en el último de los casos, algún otro rejunte de privilegiados, resolvió por referato académico ungir el texto de quién proponga cualquier “avance” o “progreso” de la humanidad, que no tenga que ver con tratar siquiera de resolverle el problema a los millones que perecen por hambre en esta tierra; en este  ámbito es en donde nos rebelamos  contra la muerte, y en esta acción heroica para el género humano, es cuando nos creemos, artífices de la historia, hacedores inolvidables e impertérritos, los que en trazo grueso, inscribiremos en letras de molde, nuestros nombres en los anales de la humanidad.

Y de que nos podrá servir, algún desorientado se preguntara. Pues es un narcótico mucho más fuerte de los que se pueden conseguir en el mercado ilegal. Creernos seres tan plenos como imprescindibles, es condición necesaria para salirnos del temor y temblor que nos presenta la muerte irredenta, indómita y en tal caso indescifrable.

El que nos preocupemos por un futuro que no existirá para cuando estemos muertos, (es decir el quedar o no en esa historia) habla de nuestro solemne temor a no haber significado nada, absolutamente nada, en el mientras tanto de la vida.

Los que pertenecemos a la clase privilegiada de la existencia, deberíamos aprender de los marginales que mediante su marginalidad nos permiten, leer, pensar y razonar, entre tantas cosas, pero con algo clave se han quedado ellos, con algo, camuflado en el vocablo “dignidad”, que jamás entregaran, y que nosotros no somos capaces de verlo.

Ellos son mayoría, en ese reino, supuesto de lo cierto (la muerte), son millones más los que han perecido en virtud de que algunos pocos nos creamos que escribimos una historia interesante para “progreso” de la humanidad.

La única esperanza que tenemos, es que en caso de que exista en ese absoluto de lo muerto, un juego, presencias, alma, energía o lo que fuere, nada se defina por voluntad democrática, que las mayorías, en ese más allá no prevalezcan, son miles de millones los que a lo largo de la historia universal han muerto, en esta vida finita, para beneficio de unos pocos, que leen, escriben o inventan cuentos y que obviamente han hecho muy poco, por no decir nada, para apiadarse de lo siniestro, en todo caso, se perdieron en el juego de vanidades de haberse creído más importantes para lo humano, que un niño Somalí o Afgano, que perece en la inmensidad del silencio, de cualquier relato o cuento.

 

    

  

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