ANÁLISIS  25 de febrero de 2015

El PJ Corrientes (del sello) Cierra Lista para sus Internas

Reza un adagio que “cuando el hombre elige, esa acción de optar, lo hace libre”, cuando uno accede a posiciones de poder, muchas veces lo hace por mera inercia, casualidad o sometimiento hacia un líder. Son muy pocos, los que se encaraman en la cúspide del poder, por un convencimiento, por un plan, por una visión propia y de la sociedad. Diferencias entre hombres de estado y hombrecitos colgados a un puesto, un buen vino no se consigue en un quiosco, más no así un tetra brick, por él cual hay que desembolsar alguna que otra moneda.

No existiría ningún problema, entre las diferencias de objetivos, dado que muchos eligen tener un vuelo corto, rasante, pese a tener la posibilidad de señorear en el aire. Claro, que ciertos peronistas vernáculos, se enfrentan con la propia historia del movimiento, que los ha colocado donde están, y de tanto en tanto, mediante el grito o el reclamo, de algún dirigente, caen en la realidad, que el Kiosco, que les permite vivir sin apremios, no contiene las expectativas ni los deseos, de quiénes dicen representar, que machacan incansablemente, con alguna frase del general o de su esposa Eva.

La cuestión, pasa por la actitud, que en el día a día, ciertos peronistas demuestran hasta el hartazgo, y que sellan mediante sus rimbombantes declaraciones, obligándonos a inferir, con cruda obscenidad, que los horizontes políticos que tienen en mente, van directamente a la venta de golosinas y de gaseosas en lata.

Esos centavos ganados, por la venta de la garrapiñada al escolar, se acumula como ganancia heroica, como la ventaja de poner a un precio la botella de coca fría, y bajar ostensiblemente el costo sí la misma está caliente.

Descuido por la negligencia del holgazán o avivada digna de un ventajista. Tal, como no retirarse a tiempo de las residencias oficiales, que otorgaron los cargos ya concluidos, o entregar en comodato, marroquinería de oficina, a ex empleados, reiteradamente beneficiados con el lápiz del poder.

Al quiosquero le preocupa, en demasía, si tal empresa que le da la cerveza, le deja la heladera más nueva y con mayor capacidad, muchas veces ocurre, que necesita guardar también la ensalada de fruta que le preparó su madre, y tan nimio detalle, se constituye sin embargo, en algo de vital importancia, para él y para su negocio. Vale destacar, que en el Kiosco, al ser pocos los productos y los montos, el dueño del negocio, no hace la diferencia entre lo propio y lo estrictamente comercial.

Similitudes consuetudinarias, son las que viven los segundos del peronismo, capaces de perder todo tipo de postura, ante la ausencia de una computadora, una mesa o una silla, creyendo que pelean por lo simbólico del poder, cuando en realidad, descargan histeria por una resma de hojas.

Vender pancho o hamburguesa, es toda una decisión para el quiosquero, pese a que la ganancia puede resultar parecida, hay que sondear el barrio, para ver que consumen los transeúntes, a los fines de hacerse con una moneda más al final del jornal.

Kioscos, sin embargo, hay muchos y en cada cuadra, cuando se cierra uno, se abre otro, y por lo general no cierran por vacaciones.

Compiten a destajo entre ellos, para ver quién le vende el dulce de mamón a la familia tradicional el domingo, no habría otra explicación de las continúas peleas entre hombres y bandas del peronismo entre sí, que no sea la analizada.

Para aquellos, con el corazón enfundando en la doctrina del general, queda el lugar común de indicarles, que no recibirán la oportunidad de comprar un vino que no sea teta brick, en los insulsos boliches que tienen abiertos los compañeros “que han llegado”. Trátese de carguitos, que habilita una banca o de un puñado de puestos que puede facilitar algún funcionario de estado de segunda o tercera línea, para sus más íntimos doradores de píldora. 

Para comprar, desde un Catena Zapata, hasta un Santa Ana, hay que recurrir al hipermercado radical, donde las políticas de Estado, corren como torrente, como el tinto de calidad en la sangre del tomador

Al menos, el sincericidio que cometen los peronistas, de declararse, mediante las gestas menores detalladas, meros dueños de quioscos, los hace honestos y transparentes, dado que podrían enmascararse tras disfraces de supermercadistas, para mostrarse de una manera que no son frente al electorado. Claro, que para este ardid, necesitarían de cierta dosis de inteligencia o cultura política, tampoco se le puede pedir a un quiosquero, que entre cliente y cliente, al menos hojee, la versión infantil, del príncipe de Maquiavelo.

Ahora pelear por el poder, es otra cosa, y lamentablemente, para los peronistas, esa vocación hasta ahora ausente que los depositó lejos del sillón de Ferré desde el `73, se vislumbra desde el cierre de listas de una interna de elecciones a cargos partidarios y legislativos. 

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