ANÁLISIS  22 de febrero de 2015

No ser un perro faldero

En tiempos electorales uno de los mayores desafíos que enfrenta una institucionalidad democrática en permanente horadación de legitimidad, es que a todos y cada uno de los ciudadanos le sea respetada su opinión política independientemente si trabaja o no en relación de dependencia en algún sector del estado.

Cada cierto tiempo, se precisa volver a los libros, a las anécdotas heroicas que nos proporciona la humanidad, de las batallas, que han librado ciertos hombres por el bien más preciado; la libertad.

Traemos a colación la librada por Sebastián Castalión contra Calvino, que se puede resumir en los siguiente términos de la obra de  Stefan Zweig “Tres son los personajes fundamentales de este libro. El primero es Juan Calvino. Zweig empieza relatando su vida, su acceso al poder en Ginebra, motivado por el hecho de haber escrito su famoso libro de la Institución Religiosa, un libro con el que culmina y cierra la reforma protestante iniciada años antes por Lutero. Nos refiere su primera caída, cuando los ginebrinos vislumbraron la intolerancia de ese hombre, y decidieron quitarle los poderes que le habían otorgado. Posteriormente, cuenta los motivos que le llevaron de nuevo al poder en esa misma ciudad; un poder y una posición de la que ya nunca se apartaría, a la que se aferraría con una violencia y con una mezquindad sólo comparable a la dureza de sus disposiciones y sus normas. Así, Stefan Zweig, con su estilo vivo, y de una manera detallada y precisa, describe la terrible tiranía que Calvino impuso en Ginebra. En las palabras del escritor se deja sentir un trasfondo de dolor e indignación.

Después presenta la figura de Sebastian Castellio, hablando de él, de su educación y de su llegada a Ginebra. De su primer, y leve, enfrentamiento con Calvino, que le valió el destierro, el alejamiento para siempre de la ciudad que Calvino había convertido en su propio y oscuro reino. Nos habla de la disparidad enorme de sus caracteres y de sus opiniones. 

Expresa  Stefan Zweig en lo que consideramos los pasajes más lúcidos:

 

…la gran masa anhela una mecanización del mundo por medio de un orden definitivo, aplicable a todos, absoluto, que les quite de encima el trabajo de pensar.

Pues el poder impulsa a la omnipotencia, la victoria al abuso de la victoria, y en lugar de contentarse con haber entusiasmado a tantos hombres, todos estos conquistadores caen en la tentación de transformar la mayoría en unanimidad y de querer imponer también su dogma a los que no pertenecen a ningún partido: no les basta con su gente acomodaticias, sus albarderos, sus almas esclavas, los eternos concurrentes a todo movimiento, no, también quieren poseer como lisonjeadores y siervos suyos a los seres libres, y para erigir su dogma, estigmatizan como criminal, con el poder del estado, toda opinión adversa…hasta la verdad más pura, sí es impuesta a otros hombres con violencia, se convierte en pecado contra el espíritu,

Cada época elige siempre un grupo distinto de desdichados para descargar sobre ellos su acumulado odio colectivo. Cada vez se selecciona, ya por su religión, ya por el color de su piel, por su raza, por su ascendencia, su ideal social, su concepto del mundo, un grupo más pequeño y más débil por el grupo más numeroso y las energías aniquiladoras latentes en lo humano: los lemas, los pretextos, van cambiando sucesivamente, pero siempre sigue siendo el mismo el método de calumnia, de desprecio, de aniquilamiento.

Cualquier similitud con la actualidad, es pura y exclusiva responsabilidad nuestra, el derecho a expresar nuestras opiniones políticas debe estar por encima de nuestras relaciones laborales, amistosas y sociales, eso hace a la dignidad de un hombre y por ende de su comunidad, de lo contrario los hombres que no se respetan así mismos en su dignidad, se convierten en animales, ratas o perros, en el mejor de los casos, falderos.

 

 

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