ANÁLISIS  17 de febrero de 2015

La bonhomía de la política y la hipocresía como necesidad.

De diversos ángulos se puede mencionar de la política, y por sobre todo de nuestros políticos y la casta, muchas veces que conforman, tanto su pasado, sus antecedentes, sus contradicciones, mentiras evidentes, y también sus aspectos positivos, sus aciertos y sus puntos altos, lo que no se puede dejar de soslayar es que la política en sí, no sólo es la piedra basal de la institucionalidad democrática, sino que también es un modo de vida.

Una forma, que nos acerca un poco más al sentido pretendido de justicia, de equidad y de intento de que todos vivamos mejor, con el poder contar con la posibilidad de progresar y que ese deseo que prevalece de las mayorías también respete opciones que constituyan una parte del todo.

 

El mundo de las significaciones y de la lógica racional del hombre, se pierden en el inmenso océano de la nada, cuando uno siente que todo está viciado por lo mezquino del interés, aromatizado por el hedor nauseabundo del materialismo, corroído por las ceras de la mediocridad, bañadas por las aguas de la envidia y el rencor, petrificadas por la gélida ventisca de la ambición desmedida, y santificadas por la máscara pedante, enferma y perversa de una hipocresía, macabra, pérfida y espeluznante. Así uno puede sentirse al descubrir o develar la mentira, a sabiendas de un político o de un espacio político que pretenda, tan sólo la ventaja de una minoría o de un sector, por más que esto implique el blandir una bandera que intente representar a las mayorías.

Pero a la vida se la critica porque existe, la misma nos puede parecer despreciable, sin embargo, es una presencia ineluctable, un campo en primavera, una playa al amanecer, un pájaro de libre vuelo, una flor saliendo del capullo, imágenes implacables de que vivir es tan trágico, porque tras sí acumula un misterioso caudal de inabordable belleza. Y todos los que critican con obsesión la condición de vida se esfuerzan en realidad en encontrar una mayor perfección, dentro de lo eterno y maravillosamente bello. Por ello la esperanza se renueva, ante cada elección, ante cada vez que los ciudadanos, somos convocados a emitir el voto.

Sin embargo, el actuar de estos grupos políticos, construidos para el engaño, pueden llevarte a pensar que las mafias no están tan equivocadas. De última ellos apadrinan a un cierto número de personas, establecen un código de acción, y se involucran en los manejos sociales, verdad es que adhieren a actos un tanto sanguinarios y que por lo general no conocen de leyes, pero esto es anecdótico, lo importante es que entienden que la sociedades se manejan por intermedio de grupos, de factores y de organizaciones, por tanto en comunidad hacen lo que hacen por el bien de la agrupación, sin medir medios o sin pruritos morales. La justicia, los empresarios y la sociedad general, pueden acusar a estos de vándalos, de asesinos, pero los mismos que acusan también se manejan con prácticas similares, sin tanta sangre, con mayor afección a la ley, pero todo en definitiva es una disputa de intereses entre grupos conformados, pues el derecho, los estados, las instituciones, se amoldan a las necesidades de quienes detentan en su momento el poder. Las mafias quizá generan mayor mística y liberen mayor adrenalina, por ello sus actos son más grandilocuentes y cinematográficos, por ende requieren de mayor producción y vuelo artístico.

 

Que lo que armen y ellos llaman a gente o sus secuaces, súbditos o compañeros, admiraban y seguían a un líder no tanto por su capacidad o por las homeopáticas dosis de ideología que se pudiera  imprimir en algún movimiento, sino que lo acompañaban porque percibían en l un hombre apto como para engrosar sus bolsillos, por ello las constantes muestras de aprobación caían en burdas adulaciones, y estas se transformaban en simples formalismos que sedimentaban una colosal estructura cuasi medieval.

 

Los más necesitados, cosificaban su necesidad, no tanto en alimento, ropa o materiales de construcción, sino en los elementos modernos de confort, sea televisión, equipo de música, y demás aparatos electrónicos, lo que los llevaba a una tensa espera, apañada por el amargo sabor del mate.

 

La siguiente casta social, ambicionaba adquirir los ornamentos propios de la clase alta, es decir, vestimenta de marca, una casa en un barrio céntrico o residencial y la frutilla de la torta o el automóvil de último modelo. De esta manera transcurrido un tiempo, podían llegar a hacerse de un apellido, el cuál pudiese imponer, cierto peso en una sociedad tan necesitada de tales suspicacias.

 

Los Aristócratas, deseosos de conservar sus placeres tan variopintos (casas de veraneo, imponentes residencias, edénicos campos) no se conformaban con retener tales beneficios, más bien se obligaban a ostentarlos y hacían de ellos una verdadera exposición, continua, ante la sociedad.

 

La política es inmoral puesto que sostiene lo moral, recreándolo y haciendo de ella un verdadero círculo hermético, en el cuál todos se ven obligados a participar. Representa la generalidad de las acciones individuales e intenta instituir una justicia, que por ser una creación artificiosa del hombre, nunca llega a un estado de lo que realmente significaría lo justo.

Por todo un sistema de enlaces y de mentiras cofrádicas que beneficien a un sector, pero aquellos que tengan la posibilidad de leer con profundidad, e incluso de estar cobrando y viviendo dentro de las estructuras de estas mafias o de estos sistemas de engaño, pueden emitir un voto en ese cuarto oscuro, que será iluminado, sí estos se deciden a valorar una nueva puesta del sol, para que las futuras generaciones no tengan que pelear por estar en un sistema cerrado, de castas, de beneficios o de grupo de cofradías, sino simplemente ser y parecer, democráticamente aceptables y libres, y ser convocados y conducidos por ganas y capacidad y no como ahora, por conveniencia e intéres, esto es lo verdaderamente valioso de la democracia, se la puede curar con su propio veneno.

 

Con la irrupción de la política del 2.0 o de la política en los tiempos de las redes sociales, el segunda línea, ve facilitado su trabajo, basta con poner en su facebook, una foto del jefe o del jefe o la jefa política de este y comentar positivamente todas las acciones del capanga o de cliquear en el botón me gusta. Se cobra mayor premio en caso de que el segunda línea, se disponga a comentar negativamente sobre adversarios políticos del jefe, los maltrate, los putee, es hasta terapéutico, dado que por lo general, el segunda línea, posee también una vida personal, bastante mediocre. Es donde lo laboral se mezcla con lo personal, sí uno ha optado por el camino del lamebotismo, del seguidismo obsecuente, ¿que tiene para ofrecer a sus hijos y familiares?, la mediocridad inusitada de ser un oveja en el rebaño de la vida, un ser carente de alma y de libertad, una máquina, una cosa, al servicio de intereses ajenos a uno mismo.

Lo más interesante es que el segunda línea ni se plantea este tipo de cosas, por ello, ante cada error del jefe, ni se mosquea, no lo percibe, sólo esta para decir a todo que sí, para cumplir horarios, para confundir respeto con obligación, para dar muestras al mundo que el ser humano es un ser imperfecto.

 

Reza un adagio que “cuando el hombre elige, esa acción de optar, lo hace libre”, cuando uno accede a posiciones de poder, muchas veces lo hace por mera inercia, casualidad o sometimiento hacia un líder. Son muy pocos, los que se encaraman en la cúspide del poder, por un convencimiento, por un plan, por una visión propia y de la sociedad.

 

Y eso la sociedad muchas veces lo determina mediante el voto, y otras, no tan pocas, cuando en situaciones de emergencia precisa de sus políticos, y se dan cuenta que en verdad están acompañados, por un slogan, por una agencia de marketing, por el agosto de un consultor.

 

 

COMPARTIR:


Notas Relacionadas

Comentarios

Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!

Escribir un comentario »